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3 de Enero de 1874: La Noche de los Sables y el Fin del Sueño Republicano

Tal día como hoy, el 3 de enero de 1874, la historia de España vivió uno de sus episodios más dramáticos y trascendentales en el corazón mismo de su soberanía: el Congreso de los Diputados. Esa noche fría y tensa en Madrid, la breve, convulsa y caótica Primera República Española recibió su golpe de gracia. No fue una derrota en un campo de batalla lejano, sino la irrupción de la fuerza militar en el parlamento lo que selló el destino del primer ensayo democrático pleno en España.

La Agonía de un Régimen Imposible
Para entender la gravedad de aquella noche, es necesario comprender el polvorín que era España en 1873. La República, nacida de forma inesperada tras la abdicación del rey Amadeo I de Saboya en febrero, se había convertido en un experimento político marcado por una inestabilidad crónica. En menos de un año, se habían sucedido cuatro presidentes: Estanislao Figueras, Francisco Pi y Margall, Nicolás Salmerón y Emilio Castelar.

El Estado se desangraba simultáneamente en tres frentes de guerra: la Tercera Guerra Carlista en el norte, la Guerra de los Diez Años en Cuba y, quizás lo más destructivo para la cohesión nacional, la insurrección cantonalista en el sur y levante peninsular, que amenazaba con desmembrar territorialmente el país.

Emilio Castelar, el cuarto presidente y representante del republicanismo más conservador y unitario, había intentado imponer el orden gobernando por decreto, suspendiendo las garantías constitucionales y reforzando el ejército para combatir a carlistas y cantonalistas. Sin embargo, al reabrirse las Cortes el 2 de enero de 1874, la mayoría federalista de la cámara estaba decidida a hacerle caer por considerar su deriva autoritaria.

La Madrugada del Caos
La sesión parlamentaria fue tensa y se prolongó durante toda la noche. En la madrugada del 3 de enero, Castelar perdió la moción de confianza. La puerta quedaba abierta para la formación de un nuevo gobierno de corte federalista radical, una perspectiva que los sectores conservadores de Madrid y, sobre todo, la cúpula militar, no estaban dispuestos a tolerar.

El Capitán General de Madrid, Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, tenía tropas desplegadas estratégicamente alrededor del Palacio de las Cortes desde horas antes, bajo la lluvia y el frío. Al confirmarse la derrota de Castelar, Pavía envió una nota tajante al presidente del Congreso, Nicolás Salmerón, ordenándole que desalojara el edificio. Salmerón, con enorme dignidad, se negó a acatar una orden que violaba la soberanía de la representación nacional.

Fue entonces cuando Pavía dio la orden de actuar.

La Irrupción y la Estampida
Lo que siguió fue el caos absoluto, tal y como recrean nuestras imágenes. Fuerzas de la Guardia Civil y del regimiento de Mérida entraron en el edificio. Aunque la leyenda popular ha inmortalizado la imagen del propio general Pavía entrando a caballo hasta el centro del hemiciclo —una imagen de tremenda potencia visual—, la realidad histórica apunta a que fueron sus oficiales y soldados quienes irrumpieron con las bayonetas caladas en el salón de sesiones.

Los disparos al aire de la Guardia Civil resonaron bajo la bóveda del Congreso, provocando el pánico inmediato. La escena fue dantesca: diputados de la nación saltando sobre los escaños, perdiendo sombreros y abrigos, huyendo atropelladamente por los pasillos y saltando por las ventanas de la planta baja para escapar de los militares. La soberanía nacional se disolvía en una estampida.

El Silencio Después del Golpe
Amaneció el 4 de enero con un Madrid tomado militarmente y un Congreso vacío, desolado y sembrado de papeles abandonados, mudo testigo del fin de una era. El golpe de Estado había triunfado sin apenas resistencia y sin derramamiento de sangre.

Pavía, quien aseguró no tener ambiciones políticas personales, convocó a los líderes políticos (excluyendo a federalistas y carlistas) para formar un gobierno de concentración nacional. El poder recayó finalmente en el general Francisco Serrano, duque de la Torre, quien instauró una dictadura republicana de corte conservador durante casi un año.

La Primera República no fue abolida formalmente esa noche, pero murió de facto. El golpe de Pavía había roto el dique de contención, desacreditado la vía parlamentaria y demostrado que el ejército volvía a ser el árbitro de la política española. El camino quedaba irremediablemente despejado para que, apenas doce meses después, otro pronunciamiento militar trajera de vuelta a la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII.