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23-F: La ‘Operación Ariete’ y el fin del mito del lobo solitario

Cuarenta años de relato oficial edulcorado acaban de saltar por los aires. Durante décadas, el sistema nos vendió la imagen folclórica de un teniente coronel actuando por libre, un arrebato individual en el Congreso de los Diputados que supuestamente cogió a todo el país por sorpresa. Falso. Los archivos recién desclasificados del Ministerio del Interior fulminan esa narrativa y demuestran que el 23-F fue una maquinaria perfectamente engrasada con meses de antelación. No hubo improvisación ni locura transitoria de un grupo de nostálgicos aislados; hubo una estrategia sostenida en el tiempo, con antecedentes claros desde 1978 que las esferas del poder conocían. El mito del lobo solitario ha quedado enterrado.

La prueba documental definitiva y más demoledora se esconde en los informes de la Dirección General de la Policía. Una nota reservada de la Brigada de Información Interior, fechada en marzo de 1981, saca a la luz el nombre en clave: «Operación Ariete». Esta fue la planificación táctica meticulosa que cimentó el golpe paso a paso. Los expedientes añaden a esto documentos manuscritos del año 1980 con la hoja de ruta y rescatan la tensión ya palpable por la presencia de ETA. El nivel de previsión y gravedad era tal que los documentos oficiales revelan cómo se llegó a valorar, incluso, la entrada de los GEO (Grupo Especial de Operaciones) en el hemiciclo. El asalto estaba escrito, medido y monitorizado hasta el último milímetro.

Pero intentar quebrar el rumbo de una nación no se sostiene solo con armas y voluntad; exige capital, logística y una retaguardia sólida. Los expedientes destapan por fin las redes de financiación y el apoyo de retaguardia orquestado desde instancias castrenses. La documentación oficial confirma la existencia de campañas de ayuda económica y el bloqueo de cuentas bancarias —como la de una asociación de mujeres de militares y policías— que estaban recibiendo inyecciones masivas de dinero para sostener a los golpistas. Esta red de protección económica ratifica que la asonada no fue la aventura de cuatro exaltados, sino el movimiento de una estructura profunda, organizada y financiada desde la sombra.