Saltar al contenido
Portada » Biblioteca Hispania Mágica » Zapatero: La semilla del diablo

Zapatero: La semilla del diablo

Para entender el aquelarre en el que se ha convertido la política española actual, es inútil mirar a los actores del presente sin comprender quién diseñó el escenario. A menudo se recuerda a José Luis Rodríguez Zapatero con una mezcla de indulgencia y desdén, como el presidente de la crisis económica o el del «talante» vacuo. Craso error.

Esa visión simplista es la cortina de humo perfecta que oculta su verdadera dimensión histórica: Zapatero no fue un accidente, fue el sembrador consciente de la discordia que hoy nos asfixia. Bajo una apariencia de bondad seráfica y una sonrisa imperturbable, se escondía el arquitecto de la mayor operación de ingeniería social y política desde la Transición. Su llegada al poder, marcada por el trauma del 11-M, inauguró una etapa donde el objetivo dejó de ser la gestión de la realidad para pasar a ser la deconstrucción de la nación tal y como la conocíamos.

La ruptura del pacto sagrado

Su primer «milagro» inverso fue dinamitar el espíritu de concordia del 78. Zapatero entendió que para imponer su visión necesitaba reabrir las trincheras que mis abuelos y los tuyos habían decidido cerrar. Con la Ley de Memoria Histórica, no buscó justicia para los muertos, sino usar el pasado como arma arrojadiza en el presente, devolviendo a España a una dialéctica de bandos irreconciliables que creíamos superada.

El abono del nacionalismo y la legitimación del terror

Pero donde la «semilla del diablo» germinó con más fuerza fue en la cuestión territorial y moral. Fue él quien, con una irresponsabilidad frívola, prometió aceptar cualquier Estatut que viniera de Cataluña, abriendo la caja de Pandora del desafío soberanista que una década después nos llevaría al borde del abismo.

Y aún más grave: su Gobierno cruzó líneas rojas morales al negociar políticamente con ETA. Aquel proceso, vendido como «paz», fue en realidad la legitimación de quienes habían usado el terror. Si hoy los herederos de la violencia marcan la agenda del Estado, es porque Zapatero les abrió la puerta de las instituciones y les dio carta de naturaleza política.

La cosecha actual

Mirar hoy a España es ver el bosque retorcido que nació de aquella semilla. El actual clima de polarización extrema, el asalto a la independencia judicial y la normalización de pactos con quienes quieren destruir el Estado no son fenómenos nuevos; son la versión madura y perfeccionada del zapaterismo.

Zapatero no fue un mal gestor despistado. Fue el iniciador de un cambio de régimen encubierto. Plantó la idea de que todo es relativo, de que la historia se puede reescribir por decreto y de que la unidad de la nación es moneda de cambio para mantenerse en el poder. El diablo, dicen, sabe más por viejo que por diablo; en este caso, supo esperar a que su siembra diera este fruto envenenado que hoy nos toca tragar.