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Las vías de la tragedia: La historia de los trenes de la muerte de Jaén

EL COLAPSO DE UN ORDEN (JAÉN, FEBRERO-AGOSTO de 1936)

El estío de 1936 en Jaén no fue solo un episodio de canícula asfixiante; fue el prefacio del abismo. Tras el estallido de julio, la provincia se sumergió en una parálisis institucional donde el orden antiguo se desintegraba a la misma velocidad que la confianza en el vecino. Con la excepción de Villarrodrigo, donde la violencia pareció olvidar el camino, el resto del territorio andaluz vio cómo sus prisiones experimentaban una «hinchazón» insoportable. Los muros de piedra, diseñados para la custodia reglada, cedieron ante el flujo incesante de detenidos por su fe o su filiación política. El linchamiento en la cárcel de Úbeda el 30 de julio fue el primer síntoma de una metástasis social: el Estado ya no controlaba la calle.

La Catedral de Jaén, joya de Andrés de Vandelvira y cumbre del Renacimiento español, sufrió entonces una metamorfosis sombría. Sus naves, concebidas para elevar el espíritu entre incienso y piedra tallada, terminaron albergando a más de 800 prisioneros. El aire sagrado se tornó espeso, cargado con el olor del hacinamiento, el sudor del miedo y la miseria humana de cientos de hombres que dormían sobre el mármol, bajo la mirada impasible de las bóvedas que un día fueron refugio de lo divino y ahora lo eran de la desesperación.

En un intento desesperado por restaurar el monopolio de la fuerza y proteger a los cautivos del «pueblo armado», el Gobernador Civil, Luis Rius Zunón, y el Director de Prisiones, Pedro Villar Gómez, idearon un traslado masivo hacia Alcalá de Henares. No era una simple mudanza de presos; era la última apuesta de la autoridad estatal por demostrar que la ley aún pesaba más que el fusil miliciano.

Sin embargo, al poner a los cautivos sobre raíles, el Gobierno republicano involuntariamente los alejaba de la protección de los muros para entregarlos a la incertidumbre de la vía abierta.

EL PRIMER CONVOY (11 DE AGOSTO): EL CALVARIO SOBRE RIELES

El 11 de agosto, 324 prisioneros fueron obligados a subir a camiones utilizados habitualmente para el transporte de aceite. En el poblado ferroviario de Espelúy, los esperaba el acero de los vagones. El viaje hacia Madrid fue un calvario de sed y terror bajo el sol de agosto. Al llegar a la Estación del Mediodía (Atocha), el convoy no encontró el amparo del Estado, sino el bloqueo de una turba que ya conocía su llegada. La tragedia se fraguó en tres actos de claudicación:

  1. La intervención de Basilio Villalba: El anuncio del traslado, filtrado desde Jaén por diputados socialistas, permitió que los comités organizaran una recepción hostil que desbordó los andenes de Atocha.
  2. La claudicación del Gobierno: Ante la masa enardecida, la cadena de mando se rompió. Manuel Muñoz (Director General de Seguridad), bajo la presión de las milicias y con el consentimiento tácito del ministro Pozas y el presidente José Giral, aceptó que la ley no podía imponerse a la voluntad de los comités.
  3. La selección de las víctimas: En medio del caos, se procedió a una criba. Nombres como José Cos, León Álvarez Lara y Carmelo Torres se convirtieron en los rostros de un primer sacrificio, mientras el Gobierno demostraba su incapacidad para proteger incluso a sus propias escoltas.

La consecuencia política fue inmediata y devastadora. Al demostrarse que la República había perdido el mando efectivo sobre sus fuerzas de orden, la comunidad internacional comenzó a retirar su confianza. Tras estos eventos, la mayoría de las delegaciones extranjeras autorizaron a sus embajadores a abandonar España, señalando que el país había dejado de ser un Estado de Derecho.

Mientras el eco de los incidentes de Atocha aún resonaba en las cancillerías, en Jaén se preparaba el segundo tren, bajo una sombra de incertidumbre mucho más densa.

EL SEGUNDO CONVOY: LA SOMBRA DE VALLECAS (12 DE AGOSTO)

    El 12 de agosto partió el segundo convoy. En él viajaban 240 prisioneros, incluyendo al Obispo Manuel Basulto y su hermana, Teresa Basulto. Buscando evitar el avispero de Atocha, las autoridades intentaron un desvío por la circunvalación ferroviaria, pero el tren fue interceptado en el apeadero de Santa Catalina. La comunicación final entre el Alférez Hormigo, al mando de la escolta de la Guardia Civil, y el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz, fue el acta de defunción de la responsabilidad estatal:

    —Hormigo: «Estamos bloqueados. La multitud exige a los presos y no puedo garantizar la seguridad sin recurrir a las armas. ¿Cuáles son mis órdenes?» —Muñoz: «No disparen. Entreguen el tren. El Gobierno no puede hacerse responsable de lo que ocurra allí.»

    El abandono fue absoluto. La imagen central de este colapso moral fue el «abrazo a los capotes»: los prisioneros, al ver que los guardias civiles recibían la orden de retirarse, se aferraron desesperadamente a los uniformes de sus custodios, buscando en la tela del reglamento el último jirón de civilización. Los guardias, cumpliendo la orden de claudicación, se soltaron y marcharon.

    Tras la retirada de los uniformes, se hizo un silencio sepulcral, solo roto por el crujido de los pasos sobre el balasto mientras los prisioneros eran obligados a descender hacia el terraplén.

    EL POZO DEL TÍO RAIMUNDO: LA MECANIZACIÓN DEL ODIO

      La masacre en el terraplén del Pozo del Tío Raimundo no fue un acto de guerra, sino un espectáculo de deshumanización. Unas 2,000 personas se congregaron para observar las ejecuciones en un ambiente que los cronistas describieron con horror como un «vocerío de toros y verbenas». La muerte se convirtió en entretenimiento público. Bajo la supervisión de líderes de los comités como Antonio Ariño y Julián Martínez, tres ametralladoras mecanizaron el exterminio de 191 personas.

      El testimonio final de la dignidad

      Manuel Basulto: El Obispo, manteniendo una solemnidad que contrastaba con la embriaguez de la turba, se arrodilló para pedir perdón por sus ejecutores antes de que el plomo lo alcanzara. Teresa Basulto: Ante la inminencia de la descarga, Teresa se mantuvo firme, rechazando cualquier gesto de sumisión frente a quienes habían convertido el asesinato en una fiesta pública.

      La matanza selló el destino diplomático de la República. Excepto México, Turquía y Argentina, el resto de las potencias internacionales entendieron que el Gobierno de Giral había entregado las llaves del país a la arbitrariedad de las milicias. El Estado había muerto en un terraplén de Vallecas.

      Cuando el eco de las ametralladoras se apagó, el silencio volvió a adueñarse de las vías. Pero entre los cadáveres y las sombras, la humanidad aún guardaba algunos secretos.

      LUZ EN LA PENUMBRA: GESTOS DE HUMANIDAD Y DESMONTAJE DE MITOS

        En el corazón de la barbarie, surgieron figuras que desafiaron la lógica del odio. Leocadio Moreno, con apenas 19 años, salvó la vida al mostrar un carnet de los socialistas universitarios. Sin embargo, el nombre que brilla con luz propia es el de Amós Acero, alcalde socialista de Vallecas. Su intervención permitió salvar a 60 prisioneros que no habían sido bajados en la primera tanda, protegiéndolos de la horda.

        La historia oficial de la posguerra intentó sepultar estas realidades bajo una capa de propaganda, creando mitos que hoy la investigación histórica ha desmontado:

        Mito vs. Realidad Histórica

        Mito de Posguerra Realidad Documentada
        «La Pecosa» (Josefa Coso, 14 años) ejecutó a Teresa Basulto. Fue enviada por el alcalde Acero para buscar niños desamparados tras la masacre.
        La ejecutora material fue una niña miliciana. La verdadera responsable fue Tomasa Velilla Hernández, fusilada en la posguerra.
        Amós Acero fue un cómplice del crimen. Salvó a 60 prisioneros. El franquismo lo fusiló en 1941 para no reconocer su heroísmo.

        El régimen franquista silenció deliberadamente a Amós Acero. Su figura rompía el relato maniqueo: un «rojo» no podía ser un héroe capaz de salvar vidas del propio bando nacional. Su ejecución fue la ironía final de un sistema de justicia que no buscaba la verdad, sino la victoria total.

        Del mito y la justicia poética, la narrativa se desplaza ahora hacia el reposo físico de quienes no tuvieron voz en aquel agosto.

        EL ESPACIO DE LA MEMORIA Y LA REPRESIÓN DE POSGUERRA

          A partir de 1939, el paisaje de la memoria fue rediseñado por los vencedores. Vallecas, que había sido escenario de la masacre republicana, se transformó en un centro de represión punitiva donde los vencidos sufrieron el mismo destino que sus víctimas anteriores, pero bajo un sistema estatalizado y sistemático.

          • Las Víctimas de los Trenes: Fueron exhumadas con máxima solemnidad en los años 40. Sus restos fueron trasladados a la Cripta de la Catedral de Jaén, instalándose en el Panteón de Canónigos.
          • Los Republicanos Fusilados: Héroes olvidados como Amós Acero terminaron en entierros marginales e invisibles, poblado las fosas comunes del cementerio, privados de la luz y el mármol otorgado a los «mártires».

          El Panteón de Canónigos, diseñado por Vandelvira como un cuerpo basamental «sobrio y fortísimo» bajo la sacristía, sirve hoy de refugio final. Es un espacio de una austeridad imponente, donde el peso de la piedra parece contener el eco de una tragedia que marcó a sangre y fuego la historia de Jaén.

          Este peso físico del pasado nos obliga a elevar la mirada por encima de las trincheras para buscar la única lección posible.

          CONCLUSIÓN: LAS LECCIONES DE LAS VÍAS

            La tragedia de los trenes de Jaén no es un arma para el reproche presente, sino un mapa de advertencia. Lo que ocurrió en el Pozo del Tío Raimundo fue el resultado del colapso del contrato social: cuando el Estado abdica de su deber de protección, la civilización retrocede milenios en una tarde. La memoria de estas víctimas, y la de quienes intentaron salvarlas como Amós Acero, debe servir para fortalecer el respeto institucional y la comprensión serena. Al final, las vías del tren que aún cortan la llanura castellana permanecen allí, mudas, recordándonos que el camino hacia el abismo siempre empieza con la deshumanización del otro y termina en el frío metal de un terraplén abandonado por la ley.