En el verano de 1936, España poseía la cuarta reserva de oro más grande del mundo. Más de 700 toneladas de oro fino descansaban en los sótanos del Banco de España en Madrid. Nadie podía imaginar entonces que la mayor parte de ese tesoro nacional, fruto del esfuerzo de varias generaciones de españoles, desaparecería para siempre.
La Guerra Civil acababa de estallar con el alzamiento militar del 18 de julio. Las tropas sublevadas avanzaban rápidamente hacia Madrid y el gobierno de la Segunda República se encontraba acorralado. Francia y Reino Unido mantenían la estricta política de No Intervención y se negaban a vender armas al gobierno legítimo. Solo la Unión Soviética estaba dispuesta a proporcionar ayuda militar, pero exigía un pago inmediato y en oro.
El decreto secreto que lo cambió todo
El 13 de septiembre de 1936, el Consejo de Ministros aprobó en secreto un decreto reservado. Firmado por el presidente de la República Manuel Azaña y propuesto por el ministro de Hacienda Juan Negrín, autorizaba el traslado de las reservas metálicas del Banco de España “al lugar que estime de más seguridad”. El presidente del Gobierno, Francisco Largo Caballero, respaldó la medida. No hubo debate en las Cortes ni consulta pública. El segundo artículo del decreto prometía que el Gobierno rendiría cuentas “en su día”, algo que nunca ocurrió.
La operación nocturna en Madrid
En los sótanos del Banco de España, bajo fuerte vigilancia de carabineros y milicianos, cientos de funcionarios y obreros comenzaron a empaquetar el tesoro. Se prepararon más de 10.000 cajas de madera, cada una con un peso aproximado de 65 a 75 kilos, llenas de lingotes y monedas de oro. La operación se realizó con el mayor sigilo, casi como un funeral clandestino para la soberanía económica del país.
Durante varias noches, un convoy de camiones salió del Banco de España. Cuatro trenes blindados partieron de Madrid hacia el puerto de Cartagena en las primeras horas de la madrugada. Los vagones iban sellados y custodiados por soldados armados sobre los techos. Campesinos que veían pasar los convoyes en silencio intuían que no se trataba de cualquier carga: era el corazón financiero de España el que se marchaba.
El traslado a Cartagena y la carga en los buques soviéticos
Una vez en Cartagena, el oro se almacenó temporalmente en los polvorines de La Algameca, la base naval más segura de la República. Allí se realizó un primer recuento. Poco después, marineros soviéticos cargaron apresuradamente 7.800 cajas (510 toneladas de oro bruto) en cuatro buques de la marina mercante de la URSS: el Kim, el Kursk, el Nevá y el Volgolés. En cada barco viajaba un funcionario del Banco de España como testigo.
No existía un contrato formal de depósito ni garantías claras de devolución. Los barcos zarparon el 25 de octubre de 1936 con destino al puerto soviético de Odesa. La travesía fue tensa. La carga llegó entre finales de octubre y principios de noviembre. Desde Odesa, un tren blindado especial trasladó el oro directamente a Moscú, donde fue depositado en los sótanos del Gosbank, el Banco Estatal de la URSS.
El recuento en Moscú y las cifras reales
El recuento oficial en Moscú se prolongó hasta el 24 de enero de 1937. Se abrieron 15.571 sacos y se encontraron monedas de 16 países diferentes: libras esterlinas (el 70% del total), pesetas españolas, luises franceses, marcos alemanes, francos belgas, liras italianas y una gran cantidad de dólares estadounidenses, entre otras.
El total ascendía a 510 toneladas de oro bruto, equivalentes a unas 460 toneladas de oro fino. Su valor en la época era de aproximadamente 518 millones de dólares (1.592 millones de pesetas-oro). Hoy, solo por su contenido metálico, ese oro tendría un valor mínimo de más de 12.000 millones de euros, y mucho más si se considera su valor numismático.
A cambio: armas, influencia y dependencia
A cambio de ese enorme tesoro, la República recibió armas, tanques, aviones, munición y otros suministros soviéticos. Sin embargo, muchos historiadores coinciden en que gran parte del material era obsoleto, de segunda mano o se cobraba a precios inflados. Además, Stalin ganó una influencia directa y creciente sobre las decisiones políticas y militares del gobierno republicano.
El oro se fue consumiendo progresivamente durante la guerra en pagos a la URSS y a través de su red bancaria internacional. Para el verano de 1938 prácticamente se había agotado. Nunca se presentó una rendición de cuentas completa ante las Cortes, tal como se había prometido en el decreto secreto.
¿Expolio o medida desesperada?
Para muchos españoles, especialmente en el bando nacional y para parte de la historiografía, este episodio representa el mayor expolio de la historia de España: un gobierno que entregó las reservas nacionales a una potencia extranjera sin garantías reales y sin el consentimiento del pueblo.
Otros historiadores defienden que no había alternativa real. El oro en Madrid corría peligro inminente de caer en manos de Franco. Las democracias occidentales habían cerrado todas las puertas. Enviar el oro a Moscú permitió a la República resistir casi tres años más en una guerra desigual.
Una herida que sigue abierta
Más de 85 años después, el “Oro de Moscú” sigue siendo una de las páginas más controvertidas y dolorosas de nuestra historia reciente. No solo supuso la pérdida de un inmenso tesoro material, sino que simboliza la desesperación, la dependencia política, las decisiones tomadas bajo presión extrema y las traiciones de una guerra fratricida.
Aquellas 510 toneladas de oro, que representaban el 72,6% de las reservas del Banco de España, desaparecieron para siempre en los sótanos de Moscú. Nunca regresaron a España. Ni un solo gramo.
Hoy, mientras miramos hacia atrás, la pregunta sigue flotando: ¿fue un expolio irresponsable o una necesidad desesperada de supervivencia? Lo cierto es que el esfuerzo de generaciones de españoles se esfumó en una operación secreta cuyas consecuencias aún pesan en la memoria colectiva.aparecieron para siempre en los sótanos de Moscú.

