Crónica de una devastación programada. Cómo se ha construido una maquinaria de poder basada en la compra de voluntades y la asfixia del sector productivo.

EDITORIAL
No es un accidente, ni una mala racha, ni culpa de coyunturas internacionales. La situación actual de España es el resultado matemático de un modelo aplicado sistemáticamente durante décadas. Un modelo que ha disfrazado de «progreso social» lo que en realidad ha sido la construcción de una gigantesca red clientelar destinada a perpetuar el poder a costa de hipotecar el futuro.
Hay que decirlo sin tapujos: hemos normalizado la corrupción institucionalizada. No hablamos solo del «ladroneo» clásico de maletines y comisiones, que también, sino de algo mucho más perverso y profundo: la utilización de los Presupuestos Generales del Estado como herramienta de compra masiva de voluntades.
La «Red Clientelar» como forma de gobierno
Durante más de cuarenta años, bajo una retórica de falsa solidaridad, se ha tejido una tela de araña donde la subvención y la dependencia del Estado han sustituido a la cultura del esfuerzo y el mérito. Se ha engañado al electorado —incluido al propio— haciéndole creer que los «derechos» son gratuitos, ocultando que se financian con el expolio fiscal de una clase media cada vez más asfixiada y con una deuda que pagarán nuestros nietos.
El objetivo nunca fue erradicar la pobreza, sino gestionar la dependencia. Una sociedad subsidiada es una sociedad adormecida, temerosa de perder las migajas que caen de la mesa del poder y, por tanto, una sociedad dócil en las urnas.
El peso insoportable del Estado
El dato es demoledor y resume la tragedia económica nacional: hemos cruzado la línea roja donde el número de personas que viven directamente de la nómina pública (más de 3,1 millones según las cifras más recientes de efectivos totales al servicio del sector público) rivaliza y empieza a superar al músculo real de la economía, los autónomos y pequeños empresarios que arriesgan su patrimonio cada día.



Esta hipertrofia de la administración no responde a una necesidad real de mejores servicios —la burocracia sigue siendo kafkiana y la eficiencia discutible—, sino a la colocación sistemática de afines, a la creación de puestos «a dedo» y observatorios estériles. Hemos creado una losa de gasto fijo inasumible que aplasta al sector productivo, el único que genera riqueza real.
La devastación y el despertar
El resultado es una devastación económica silenciosa pero constante: pérdida de competitividad, fuga de talento joven, una deuda pública estratosférica y un tejido empresarial raquítico, incapaz de crecer por la presión fiscal y regulatoria.
Seguir mirando hacia otro lado, comprando el relato oficial de que «vamos bien» mientras el país se descapitaliza, ya no es una opción. Este editorial nace con la vocación de llamar a las cosas por su nombre. Porque el primer paso para salir del espejismo es atreverse a ver la cruda realidad del desierto que han creado.
