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Cáparra: El Cruce de Caminos de la Lusitania Romana

En el corazón de la Vía de la Plata, las ruinas de Cáparra y su arco único en la Península Ibérica nos narran una historia de transformación urbana y prosperidad provincial bajo el manto de Roma.

Un Nodo Vital en la «Autopista» de la Antigüedad
Cáparra (la antigua Capera) no surgió por casualidad en medio de la actual dehesa extremeña. Su existencia y esplendor se deben a su posición estratégica como nudo de comunicaciones vital en el occidente del Imperio.

Ubicada entre el río Ambroz y el Alagón, Cáparra era una parada obligada en la Vía de la Plata, la gran arteria comercial y militar que vertebraba Hispania de sur a norte, conectando Augusta Emerita (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga). Originalmente un asentamiento indígena (vetón), Roma supo reconocer su valor geográfico.

Bajo la dinastía Flavia (finales del siglo I d.C.), específicamente con el emperador Vespasiano, la ciudad dio un salto cualitativo: recibió el estatuto de Municipium y el derecho latino (ius Latii). Esto no era un simple título; era la plena integración legal y política en el mundo romano, el motor que impulsó su monumentalización urbana.

El Arco Tetrapilo: Una Rareza Arquitectónica
Si algo define a Cáparra hoy es su icono indiscutible: el Arco. Pero no es una puerta de muralla convencional. Se trata de un tetrapilo (tetrapylon o arcus quadrifrons), un arco de cuatro frentes.

Es una verdadera rareza; es el único de sus características que se mantiene en pie en toda la Península Ibérica.

Ubicación: No marcaba el límite de la ciudad, sino su corazón. Se erige justo sobre la intersección del Cardo Maximus y el Decumanus Maximus, las dos calles principales que organizaban la urbe romana. Todo viajero que cruzara la Vía de la Plata debía pasar bajo sus bóvedas.

El Mecenas: Gracias a las inscripciones en sus pedestales, sabemos quién lo pagó. No fue el emperador, sino un magistrado local romanizado: Marco Fidio Macer. En su testamento, ordenó construir este monumento para honrar la memoria de sus padres, Fidio y Bolosea (nombres que delatan una raíz indígena inmersa en el proceso de romanización). El arco es, por tanto, un símbolo de estatus y poder de las élites locales que adoptaron las formas de vida romanas.

La Ciudad Detrás del Arco
Aunque el tetrapilo acapara las fotografías, las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz la compleja realidad urbana que lo rodeaba, demostrando que Cáparra fue una ciudad dotada de todas las comodidades de la civilización romana:

El Foro y la Basílica: Adyacente al arco se extendía el foro, la plaza pública, centro neurálgico de la vida política y religiosa. Junto a él, se han identificado restos de la basílica, el tribunal de justicia y comercio.

Las Termas Públicas: Se han excavado unas termas de notables dimensiones situadas junto a la Vía de la Plata, esenciales para la higiene y la vida social romana, con sus sistemas de calefacción (hypocaustum) aún visibles.

Vida Comercial: Los pórticos que flanqueaban el decumano albergaban tabernae (tiendas), evidenciando una ciudad bulliciosa que vivía del tránsito constante de mercancías y viajeros.

Visitar Cáparra hoy no es solo admirar una ruina aislada; es caminar sobre el mismo pavimento que pisaron legionarios, comerciantes y senadores hace dos mil años, y entender cómo Roma implantó su modelo urbano en cada rincón de su vasto imperio.

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