Hay fechas en el calendario que parecen actuar como imanes para la inestabilidad histórica. Días en los que el suelo bajo los pies de la nación tiembla y el rumbo cambia violentamente. El 11 de febrero es, sin duda, uno de esos días. A lo largo de dos siglos, esta fecha ha sido testigo de reyes humillados, tronos vacíos, repúblicas nacidas del caos y dictadores que ven las orejas al lobo.

1820: El triunfo de la libertad (por un tiempo)
Empezamos en 1820. El absolutismo férreo de Fernando VII parecía inamovible tras la Guerra de la Independencia. Sin embargo, el grito de libertad lanzado por Rafael del Riego en enero comenzaba a tener eco.
El 11 de febrero, el teniente coronel Rafael del Riego realizaba su entrada triunfal en Cádiz. No era un simple desfile; era la consolidación de un levantamiento que acorraló al monarca. Este éxito militar fue el catalizador que, semanas después, forzaría a Fernando VII a hincar la rodilla y jurar la Constitución de 1812 —la famosa «Pepa»—, dando inicio al breve pero intenso sueño del Trienio Liberal.
1869: Una nación en busca de rey
Saltamos a 1869. España acababa de vivir «La Gloriosa», la revolución que destronó a Isabel II y la envió al exilio. El país estaba efervescente, sin monarca y con ansias de cambio.
El 11 de febrero de ese año se abrían solemnemente en Madrid las Cortes Constituyentes. Aquellos diputados, elegidos por sufragio universal masculino por primera vez, tenían ante sí una tarea titánica: redactar una Constitución democrática (la primera de nuestra historia) y, lo más complicado, encontrar un rey democrático dispuesto a sentarse en el trono más caliente de Europa.


1873: El nacimiento de la República accidental
Apenas cuatro años después, el experimento de importar un rey había fracasado estrepitosamente. Amadeo I de Saboya, harto de la ingobernabilidad de España, presentaba su abdicación el 11 de febrero de 1873.
Esa misma noche, ante el vacío de poder absoluto y el fracaso de la monarquía, el Congreso y el Senado, reunidos conjuntamente en Asamblea Nacional, proclamaban la Primera República Española. Fue un nacimiento precipitado, casi accidental, recibido con júbilo por unos y con espanto por otros. Comenzaba así uno de los periodos más vertiginosos, caóticos y fascinantes de la historia de España.
